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Monday, November 8, 2010

Otro concurso de cuentos que no gano




Acabo de volver de la premiación del Concurso de cuento Ramón de Zubiría que organiza la Universidad de los Andes y en el que participé con tres obras inéditas.

Al principio cuando recién se inició la ceremonia pensé en lo maravilloso que sería ganar el primer puesto. Lo anhelé tanto sentada allí en la última fila que por momentos creía que sí, que definitivamente iba a pasar. Hasta logré acomodar mis cosas para no tener obstáculos al momento de levantarme e ir por mi premio. Tenía el presentimiento de que sería mi noche y que por fin sería reconocida y que se me empezarían a abrir todas las puertas; llegarían contactos con editoriales, mis cuentos se publicarían y podría ser una escritora de verdad, con todo lo que abarca esa palabra.

Unos segundos más tarde, mi perspectiva cambió cuando el coordinador de los jurados y profesor de la universidad comenzó a hacer una especie de retroalimentación sobre los “errores más comunes” en los que suelen caer los escritores novatos y obviamente los participantes. Dijo que se deben cuidar los tiempos en los que se escribe, pues muchas veces, se inicia en presente y se termina en pasado o algo por el estilo; que en otras ocasiones se corta la historia en el mejor momento y se olvida que es quizás allí cuando la obra cobra más importancia; también hay que tener cuidado con los monólogos, las imprecisiones y otros tantos factores que definitivamente son los causantes de que mis cuentos no hayan ganado.

A pesar de las pocas posibilidades después de haber oído las pequeñas críticas y saber que mis cuentos tenían un poco de todo eso, seguía deseando una mención de honor. Pero no pasó nada. No gané. Fueron llamando a los felices ganadores, algunos que ya tenían cara de ganadores antes de iniciar la ceremonia. Ya los había visto y había pensado: tienen esa actitud de triunfadores. Tienen esa pinta típica de escritores dedicados, que saben de literatura con toda esa complejidad y trascendencia que siempre quieren ponerle y en donde a veces parece que no hay espacio para la simple diversión de leer o la simple diversión de escribir.

Luego de entregar los premios, se ofreció una copa de vino. Como buena perdedora no quise quedarme. Igual que otros tantos escritores que como yo se perdieron en el camino. Caminé por las calles solitarias para regresar a mi casa y pensé en que seguiría siendo igual que todos. Una más del común, sin cuentos ganadores.

Unos instantes después una señora y su hija se acercaron para pedirme dinero, luego de haber sido rechazadas por dos personas más que no tenían o no quisieron darle. Me sentí tan mal al verlas que les di lo que tenía. La señora feliz me dijo: “Yo sabía, Dios siempre me manda a alguien”. Me sentí tan rara, que quería haberles dado todo lo que pudiera en ese momento. La niña estaba feliz y le dijo a la mamá que me diera una credencial. “Toma una credencial para que se la regales a tu novio”. Yo le dije que mejor se la quedara, que la podía vender. Y aceptó sonriendo. Me dijo que muchas gracias y que me fuera rápido porque ya era muy tarde. Se fueron tan felices que me quedé allí pensando en lo poco importante que me parecía el concurso ahora. En que definitivamente no entiendo a veces esa necesidad tan absurda que tenemos como seres humanos de ser exitosos en algo o de que los demás reconozcan lo que hacemos. ¿Para qué? La vida puede ser tan simple si queremos, como estar feliz por tener un lugar donde dormir como esa señora y su hija (que aunque es muy triste que tengan que vivir de esa forma, ellas estaban llenas de optimismo y fe y todo eso). Y yo ahí, pensando en mis vanidades…





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Al otro lado by Camila Méndez Burgos is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License